miércoles, 13 de mayo de 2009

LAS CARAS DE LA INMIGRACIÓN

La entrada más extravagante es la entrada por mar, pero ahí más de una entrada: por aeropuerto i más. Los inmigrantes, que vienen, solo pueden estar 90 días. Pero si no han echo alguna cosa delictiva, es más difícil sacarlos de país.

A partir del año 1994 empezaron las llegadas de menores de edad.

Los medios de comunicación publican casi a diario fotos de inmigrantes que llegan en pateras o cayucos. Estas imágenes son, en parte, una imagen deformada de la realidad. No porque no sean reales, sino porque dan a entender que la vía marítima sea la forma habitual de entrada de los inmigrantes. Las pateras y los cayucos son la forma de entrada en España más llamativo, pero es muy minoritario: un 5% aproximadamente. La mayoría de los inmigrantes llegan a Espala a través de aeropuertos o por las fronteras terrestres con visados turísticos. Éste es el caso de los que vienen de Iberoamérica y de los países del Este de Europa, que en conjunto representan más de las tres cuartas partes de los inmigrantes.
¿Cómo llegan los inmigrantes?
La mayoría de los inmigrantes que proceden de países del Este de Europa o de Iberoamérica no necesitan un visado para entrar en España y permanecer durante 90 días. Esto les permite llegar como turistas o para visitar a sus familiares. Pasados los tres meses continúan aquí y buscan trabajo para poder instalarse definitivamente. El principal problema de estos inmigrantes es conseguir dinero para el viaje, un lugar donde vivir y el suficiente dinero para mantenerse hasta que encuentren trabajo. Normalmente las familias se preocupan por conseguir el dinero para el billete de avión o autobús y también de buscar contactos en la Península, conocidos o familiares que les acojan al llegar. Pero, a veces, tienen que recurrir a las mafias de su país o de Espala que cobran sus servicios de forma abusiva. Cuando han pasado los tres meses permitidos se encuentran en situación irregular pero si no comenten ningún acto delictivo o son denunciados por alguien es difícil que se les devuelva a su país.

Los inmigrantes africanos sólo pueden entrar con visado y para conseguir el de 90 días tienen muchas dificultades, sólo las pueden evitar si demuestran tener ingresos importantes. Su única opción es atravesar la frontera de forma ilegal. La mayoría deciden hacer una travesía por mar y desembarcar en costas andaluzas o en las islas Canarias. El viaje es muy peligroso y caro. Puede costar 1.500 euros, mucho dinero para la gente de ese continente. Además si son descubiertos por la policía española son devueltos a su país. Los que consiguen entrar sin ser vistos no lo tienen fácil. La mayoría tiene teléfonos de contacto para que, una vez en España, los trasladen fuera de la zona de Algeciras hacia Almería, Madrid o Barcelona. En algunos casos son familiares o conocidos, pero en la mayoría de las ocasiones se ocupa de establecer los contactos la misma mafia que los ha traído a España y para ello les cobra cantidades desorbitadas. Si no pueden pagar en ese momento se comprometen pagar la deuda cuando cobren los primeros sueldos.
Uno de los problemas que más preocupan tanto a las autoridades como a las ONG es que ya en 1994 se detectaron en Cataluña y Andalucía los primeros jóvenes marroquíes menores de edad y sin ningún referente familiar en España que llegaban escondidos en un camión que cruzaba en los Ferris del Estrecho de Gibraltar. La llegada de menores es ya un fenómeno constante. Pueden entrar en cayucos o a través de las fronteras terrestres o aéreas. Su hace algunos años sólo eran menores marroquíes ahora llegan también subsaharianos y rumanos e incluso chicas de distintas nacionalidades cuyo destino es, en muchos casos, la prostitución.
Según los expertos España se encuentra en la cuarta fase de las teorías migratorias. La primera fase corresponde a la llegada de hombres solos, que vienen como exploradores del terreno. La segunda etapa es la de hombres más jóvenes. La tercera corresponde a la reagrupación familiar, cuando entran las parejas, los hijos y las mujeres solas. Y la cuarta es de la los jóvenes que llegan solos. Se calcula que en estos momentos hay unos 7.000 inmigrantes menores de edad y no acompañados. Pero hay mucha confusión sobre el número exacto, su procedencia y sus hábitos de conducta.
Uno de los principales cambios es la presencia cada vez mayor de menores subsaharianos que llegan en patera. No conocen la legislación ni saben nada del país. Es un perfil muy distinto de los marroquíes que viajan solos a Catalunya. Éstos no son jóvenes errantes, aventureros o problemáticos sino que llegan como parte de un proyecto familiar. Tienen entre 14 y 17 años y proceden de familias rurales del sur de Marruecos. Normalmente han sido empujados por sus propios padres a buscarse un futuro mejor.
También se han detectado por primera vez menores pakistaníes, en Barcelona y Valencia. Llegan vía Inglaterra a través de algún pariente, aunque una vez aquí son protegidos por adultos. Y también se han encontrado menores de origen rumano con falsas familias.
Todos vienen en busca de un mundo mejor. Y esperemos que lo consigan como Abderramán. Su historia arranca el 9 de noviembre de 1986 cuando nació en el seno de una pobre familia en la aldea marroquí de Mellab, situada en pleno desierto del Sahara, unos 500 kilómetros al sureste de la capital Rabat. Abderramán, que tiene cinco hermanos, creció rodeado de pobreza y miseria y en 1994, cuando tenía ocho años, se cayó dentro de un pozo cuando intentaba sacar agua. Por falta de atención médica, el hospital más cercano estaba a 100 kilómetros de su casa, la herida se le gangrenó y al final tuvieron que amputarle el brazo a la altura del hombro.
A los 15 años, cansado de tanta miseria, decidió venir a España para encontrar un trabajo y poder mandar dinero a su familia. Se fue primero a El Aaiún, donde empezó a trabajar en una tienda cuyo dueño era el responsable de una de las muchas pateras que cada día parten en dirección hacia España en busca de un futuro mejor. Su jefe le perdonó los 1.000 euros que costaba el viaje, pero no logró alcanzar la tierra prometida hasta el tercer intento, cuando la patera en la que viajaba llegó a la isla de Fuerteventura. Se escondió cinco días en las montañas sin comer ni beber hasta que al bajar al mar lo detuvo la Guardia Civil y lo ingresaron en un centro de acogida. Se escapó y fue a Las Palmas, de allí viajó a Madrid de manera ilegal, y de la capital a Barcelona, donde vivió en otro centro de acogida y trabajó en diversos oficios hasta que comenzó a practicar atletismo con otros discapacitados en las pistas de Can Dragó. Fue entonces cuando corrió la Cursa de El Corte Inglés y se fijaron en él. Fichó por el Club Atletisme Nou Barris, comenzó a codearse con atletas válidos y todo fue muy rápido. Conoció a su entrenador Héctor García y obtuvo una beca en el CAR de Sant Cugat, donde a las órdenes del director técnico Domingo López rebajó 19 segundos su marca en 1.500. Le ofrecieron una beca del ADO y el Gobierno le concedió el 25 de mayo la nacionalidad española para que pudiera competir en los Juegos Paralímpicos de Pekín. Antes de ganar la plata en 1.500 y el bronce en 800 metros, en 2008 fue campeón de Cataluña promesa de 800.